Cambios
Cuando tu persona favorita deja de parecerse a la que conocías
Hay cosas que no sé muy bien cómo escribir.
Esta es una de ellas.
Porque hablar de lo que pasó con mi mejor amiga significa hablar de una de las etapas en las que peor lo he pasado. Y también significa hablar de alguien a quien quiero muchísimo, probablemente a una de las personas que más quiero en mi vida.
Y quizá por eso me cuesta tanto.
Durante dos o tres meses tuve la sensación de que estaba perdiendo a mi mejor amiga.
No de golpe.
Poco a poco.
Primero fueron pequeñas cosas. Después fueron muchas.
Todo le molestaba. Todo acababa en una discusión. No podía hablar con ella de determinadas cosas porque inmediatamente se ponía a la defensiva. Parecía que cualquier cosa que decía estaba mal. Cualquier comentario podía terminar en un enfado.
Y yo no entendía nada.
No entendía qué estaba pasando.
No entendía por qué estaba así conmigo.
No entendía por qué parecía enfadada conmigo prácticamente todo el tiempo.
Y, sobre todo, no entendía por qué la persona que tenía delante parecía tan diferente de la persona que yo conocía.
Nosotras siempre hemos sido de estar juntas para todo.
De contarnos absolutamente todo.
De pasar el día juntas.
De hablar de cualquier tontería.
De saber lo que le pasa a la otra incluso antes de que lo diga.
Siempre hemos dicho que éramos como una sola cabeza.
Y durante aquellos meses dejé de sentir eso.
Seguíamos viviendo juntas.
Seguíamos estando físicamente en el mismo sitio.
Pero era como si hubiera una distancia enorme entre las dos.
Ella estaba cada vez más aislada.
Ya no quería hacer las cosas que hacíamos antes. No quería pasar tiempo conmigo. Se encerraba durante horas. Apenas hablábamos sin acabar discutiendo.
Y no era solo conmigo.
Era con casi todo el mundo.
Todo el mundo notaba que algo no iba bien.
Pero nadie sabía qué.
Y eso es quizá lo que más recuerdo de aquella época: la sensación de no entender absolutamente nada.
Yo la miraba y pensaba:
¿Qué te está pasando?
Pero no encontraba la manera de llegar hasta ella.
Y mientras tanto, yo empezaba a asumir que nuestra amistad se iba a acabar.
De verdad.
Hubo momentos en los que pensé que quizá ya no había vuelta atrás.
Que quizá aquella persona con la que había compartido tantas cosas ya no quería tenerme en su vida.
Y duele muchísimo pensar que puedes perder a tu hermana sin saber siquiera por qué.
Hasta que un día entendí que no estaba bien.
Que detrás de todo aquello había algo mucho más grande que una mala racha entre nosotras.
Y cuando descubrí lo que realmente estaba pasando, creo que se me cayó el mundo encima.
No sé explicar exactamente qué sentí.
Fue una mezcla de cosas que ni siquiera sabía ordenar.
Culpa.
Rabia.
Tristeza.
Decepción.
Miedo.
Impotencia.
Y una sensación enorme de no saber dónde meterme.
Porque de repente empecé a mirar hacia atrás y a pensar en todos aquellos meses.
En todas las discusiones.
En todas las veces que pensé que simplemente estaba enfadada conmigo.
En todas las veces que me pregunté qué había hecho mal.
Y pensé:
¿Cómo no me di cuenta?
Esa pregunta me ha acompañado durante muchísimo tiempo.
¿Cómo no pude ver que detrás de todo aquello había algo mucho más grande?
¿Cómo pude pensar que simplemente estaba pasando de mí?
¿Cómo pude enfadarme con ella sin saber lo que estaba pasando dentro de su cabeza?
Y sé que probablemente no tenía forma de saberlo.
Sé que nadie puede adivinar lo que otra persona está viviendo si esa persona no consigue o no quiere contarlo.
Pero aun sabiéndolo, hay una parte de mí que sigue pensando que debería haberlo visto.
Que debería haberme dado cuenta.
Que debería haber sabido que no era ella.
Porque yo la conozco.
O eso creía.
Y quizá esa sea una de las cosas que más me dolieron.
Durante aquellos meses sentí que no conocía a mi mejor amiga.
Y cuando descubrí lo que estaba pasando, sentí que tampoco sabía cómo ayudarla.
Y ahí llegó otra parte todavía más complicada.
Porque yo estaba muy dolida.
Muchísimo.
No solo por lo que había pasado, sino por todo lo que había detrás.
Por descubrir cosas de una persona en la que confío con los ojos cerrados y que jamás imaginé.
Por descubrir que había cosas que estaba viviendo y que no había sido capaz de contarme.
Por sentir que, mientras yo intentaba entender por qué se alejaba de mí, ella estaba pasando por algo que yo ni siquiera sabía que existía.
Y me dolió.
Me dolió muchísimo.
Pero no sé si lo que más me dolió fue lo que yo sentía.
Creo que me dolió más todo lo que aquello decía de cómo estaba ella.
La forma en la que estaba tratándose.
La manera en la que estaba entrando cada vez más en algo que no sabía controlar.
Y pensar que mientras yo estaba enfadada porque sentía que me estaba dejando de lado, ella estaba haciéndose daño de otras maneras.
Eso me rompió.
Y también me rompió pensar que no había confiado en mí para contármelo.
Porque yo siempre había sido esa persona.
La persona a la que acudía cuando pasaba algo.
La persona con la que hablaba de todo.
Y, de repente, había algo tan grande que estaba pasando dentro de ella y yo no sabía absolutamente nada.
No porque quisiera ocultármelo. O sí. Porque ella en el fondo sabía que lo que hacía no estaba bien.
Supongo que tampoco sabía cómo explicarlo.
Pero yo no lo sabía.
Y eso me hizo sentir tremendamente sola.
Porque cuando me enteré de todo, ¿con quién iba a hablar?
Si cuando me pasa algo, siempre hablo con ella.
Ella es la persona que más me conoce.
Y precisamente durante esos meses era la persona con la que no podía hablar de aquello.
Creo que nunca he llorado tanto a solas como entonces.
Justo pasó en Navidad.
Y recuerdo aquellas Navidades como unas de las peores que he vivido. Por no decir la peor.
No porque todo a mi alrededor estuviera mal.
Sino porque por dentro yo estaba completamente destrozada.
Llevaba meses sintiendo que estaba perdiendo a mi mejor amiga y, cuando por fin entendí por qué, tampoco sabía qué hacer con todo lo que sentía.
Estaba decepcionada.
Estaba preocupada.
Estaba enfadada.
Estaba triste.
Y también me sentía culpable.
Muy culpable.
Por no haberme dado cuenta.
Por no haber sabido reaccionar.
Por pensar durante tanto tiempo que el problema era nuestra amistad.
Por preguntarme si quizá no había sido el apoyo que ella necesitaba.
Y todavía hoy hay una parte de mí que piensa en eso.
Que se pregunta si podría haber hecho algo diferente.
Si podría haber estado más pendiente.
Si podría haber preguntado de otra manera.
Si podría haber entendido algo que en ese momento era imposible que entendiera.
Pero también he tenido que aprender algo que me ha costado muchísimo:
Yo no puedo hacerme responsable de todo lo que ocurre dentro de la cabeza de otra persona.
Puedo quererla.
Puedo estar.
Puedo escucharla.
Puedo acompañarla.
Pero no puedo saber aquello que no me cuenta.
Y tampoco puedo salvarla de todo.
Y creo que aquí hay algo que todavía estoy aprendiendo a separar: comprender no significa justificarlo todo.
Entender por qué estaba así no borra cómo me sentí yo. Y todo lo que hizo durante ese tiempo.
Saber que estaba pasando por algo no hace que desaparezcan los meses en los que me sentí apartada, culpable, confundida y completamente sola.
Y quererla no significa que tenga que aceptar cualquier cosa.
También tengo derecho a decir que algo me ha dolido.
Tengo derecho a necesitar tiempo.
Tengo derecho a no confiar al cien por cien todavía.
Tengo derecho a tener miedo de que vuelva a pasar.
Tengo derecho a decir “esto es demasiado” si alguna vez vuelve a cruzarse un límite.
Y, sobre todo, tengo derecho a no convertirme en su cuidadora. O por lo menos intentarlo.
Porque soy su amiga.
Su mejor amiga.
No su psicóloga.
No su salvadora.
No la persona responsable de vigilar que esté bien las veinticuatro horas del día.
Y aunque me cueste muchísimo decirlo porque la quiero, necesito recordar que acompañar a alguien no significa desaparecer tú dentro de sus problemas. Porque recuerdo que cuando pasó todo, dejé todo de lado por "vigilarla".
Ahora está recibiendo ayuda.
Está trabajando en todo aquello que pasó.
Y una parte de mí sabe que eso es importante y un gran avance.
Que quizá las cosas pueden ser diferentes.
Que no tiene por qué volver a pasar.
Pero otra parte de mí sigue esperando que vuelva a pasar. Y eso me mata.
Y esa es la verdad que más me cuesta reconocer.
Sigo teniendo miedo.
Sigo viviendo un poco en alerta.
Hay momentos en los que pienso que todo está bien y, de repente, algo dentro de mí se activa.
Un cambio.
Una actitud.
Un silencio.
Cualquier cosa.
Y aparece ese pensamiento que no quiero tener:
¿Y si vuelve a pasar?
No quiero vivir así.
Tampoco quiero agobiarla.
No quiero que sienta que estoy vigilándola.
No quiero convertir nuestra amistad en una especie de interrogatorio constante.
Pero tampoco voy a fingir que lo que pasó no dejó huella.
Porque la dejó.
En ella.
Y en mí.
Y quizá ahora también me toca cuidar de esa parte de mí.
No desde la desconfianza constante, sino desde los límites.
Si alguna vez vuelvo a sentir que algo me está haciendo daño, quiero poder decirlo.
Si algo vuelve a romper mi confianza, quiero poder reconocerlo.
Si necesito distancia para poder estar bien, quiero poder tomarla sin sentir que estoy abandonándola.
Porque durante mucho tiempo he confundido querer a alguien con aguantarlo todo.
Y no.
No quiero volver a hacerlo.
Puedo estar a su lado y, al mismo tiempo, estar de mi lado.
Puedo entender sus heridas sin dejar que las mías se conviertan en algo secundario.
Puedo quererla muchísimo y decir “esto me ha dolido”.
Puedo perdonar y seguir poniendo límites.
Puedo confiar en que está haciendo las cosas de otra manera y, aun así, necesitar tiempo para volver a sentirme completamente segura.
Y creo que eso también es querer a alguien de verdad.
No hacer como si nada hubiera pasado.
Sino aprender a relacionarnos después de lo que pasó.
No quiero que esta historia termine siendo solo la historia de lo que hizo.
Porque ella es muchísimo más que eso.
Pero tampoco quiero fingir que no pasó.
Porque pasó.
Y me dolió.
Me dolió de una manera que no sabía que podía dolerme alguien a quien quiero tanto.
Y todavía hay días en los que no sé qué hacer con ese dolor.
Quizá por eso escribo esto.
Porque durante mucho tiempo no tuve dónde ponerlo.
No podía hablarlo con ella.
No sabía cómo explicárselo a los demás.
Y me lo guardé.
Me lo guardé durante meses.
Lloré sola.
Me hice preguntas sola.
Me culpé sola.
Y seguí queriéndola incluso cuando no entendía lo que estaba pasando.
Supongo que eso también dice mucho de lo que somos.
Porque a pesar de todo, aquí estamos.
No exactamente como antes.
Pero aquí.
Y quizá ahora nos toque aprender una forma diferente de estar juntas.
Una en la que ella pueda contarme lo que le pasa sin sentir que tiene que esconderse.
Una en la que yo pueda quererla sin sentir que tengo que vigilarla.
Porque nuestra amistad importa.
Muchísimo.
Pero yo también importo dentro de ella.
Y creo que eso es algo que no quiero volver a olvidar.
No sé si algún día dejaré de tener miedo de que vuelva a ocurrir.
Ojalá sí.
Pero ahora mismo no puedo prometerlo.
Solo sé que estoy intentando aprender a distinguir entre lo que pasó y lo que está pasando.
Entre la persona que tengo delante y la persona que vi durante aquellos meses.
Entre mi miedo y la realidad.
Y también estoy aprendiendo que poner límites no significa querer menos.
A veces significa querer sin perderte a ti misma por el camino.
Y después de todo lo que pasó, sigo aquí.
Ella también.
Pero esta vez quiero que estar aquí no signifique olvidarme de mí.






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