Duna ✨️
Hoy hace un mes que te fuiste y, aunque he intentado retrasar este momento todo lo posible, sé que no puedo seguir huyendo de él. Supongo que una parte de mí todavía se resiste a aceptar que ya no estás, que no voy a volver a verte corretear por casa, que no voy a poder acariciarte cuando lo necesite ni buscarte con la mirada para comprobar que todo está bien. Pero también sé que, por mucho que me duela, no vas a volver. Al menos, no de la misma manera. Porque hay algo de lo que estoy completamente segura: siempre vas a estar conmigo.
Llevo un mes intentando acostumbrarme a tu ausencia y no te imaginas lo difícil que está siendo. Hay momentos en los que todavía me cuesta creerlo, días en los que el silencio se hace protagonista y pequeños detalles que me recuerdan que faltas tú. Tú, que eras tan pequeñita, has dejado un vacío inmenso en casa. Porque volver a casa era volver a ti. Al hogar.
Y precisamente tú eras eso, Duna. Mi hogar en forma de cuatro patitas, una mirada llena de amor y una manera muy tuya de hacerme sentir que nunca estaba sola.
Sé que no te gustaba verme llorar. Siempre encontrabas la forma de acercarte, de cuidarme y de protegerme, como si de alguna manera supieras cuándo necesitaba un poquito más de ti. Por eso, incluso ahora, cuando no puedo evitar llorar, intento recordar que tú siempre querías verme bien. Aunque todavía estoy aprendiendo a hacerlo sin tenerte a mi lado.
Mi sueño siempre había sido tener un perro. Era uno de esos deseos que guardas desde pequeña, imaginando cómo sería compartir tu vida con un compañero de cuatro patas. Y entonces llegaste tú.
Pero lo que nunca imaginé es que aquel sueño se quedaría tan pequeño al lado de todo lo que terminaste regalándome.
Porque tú no fuiste simplemente mi perra. Ni siquiera sé si esa palabra hace justicia a lo que has sido para nosotros. Llegaste a nuestra vida y, con esa manera tan tuya de hacerte un hueco, conseguiste convertirte en una más de la familia. En una presencia imprescindible, en una compañera de vida, en una parte de nuestra historia que ya nadie podrá borrar.
Durante trece años compartimos muchísimo más que tiempo. Compartimos rutinas, momentos felices, días complicados, caricias, miradas y esa forma tan especial de querernos que no necesita palabras. Estuviste ahí durante tantas etapas de mi vida que resulta imposible pensar en ellas sin encontrarte de alguna manera. Has formado parte de quien soy y de tantos recuerdos que siempre llevaré conmigo.
Y es que, aunque fueras pequeñita, tenías una capacidad inmensa para dar amor. Me has regalado muchísimo más de lo que yo podría haberte dado jamás, y eso te lo aseguro. Me has enseñado cosas que no se aprenden en ningún libro: la lealtad, el cariño incondicional, la compañía más sincera y esa manera de estar al lado de alguien sin pedir absolutamente nada a cambio.
Me has demostrado que no hace falta hablar para entenderse, que a veces una presencia puede aliviar más que mil palabras y que el amor más puro también puede tener cuatro patas, una naricita húmeda y mucho carácter.
Te quiero tanto, mi princesita, que a veces siento que las palabras se me quedan pequeñas. No sé cómo explicar todo lo que significas para mí, ni cómo resumir trece años de amor en unas cuantas líneas. Quizá porque hay sentimientos que no caben en un texto, por mucho que lo intentes. Y quizá porque despedirse de alguien a quien quieres tanto significa intentar poner en palabras algo que, en realidad, nunca dejarás de sentir.
Hoy también quiero darte las gracias.
Gracias por elegirme a tu manera. Por hacerme compañía. Por cuidarme cuando más lo necesitaba. Por estar presente incluso en los días en los que yo no sabía muy bien cómo estar conmigo misma. Gracias por cada momento, por cada recuerdo y por cada pequeña alegría que, sin saberlo, me regalabas simplemente siendo tú.
Gracias por los trece mejores años de mi vida.
Y perdóname si alguna vez no supe devolverte todo el amor que me dabas, aunque estoy convencida de que tú nunca llevaste la cuenta. Tú querías sin condiciones, sin esperar nada a cambio, sin necesitar que te demostrara nada. Y eso es precisamente lo que hace tan difícil tu ausencia: que el amor que nos dabas era tan natural, tan cotidiano y tan inmenso que solo ahora, en medio de este silencio, somos capaces de comprender todavía más todo lo que significabas.
Quiero creer que, de alguna manera, sigues aquí. Que sigues cuidándonos desde ese lugar al que se van quienes dejan una huella demasiado bonita como para desaparecer. Que no nos has soltado del todo y que, aunque ya no podamos verte ni abrazarte, seguirás acompañándonos en los momentos importantes, en los días difíciles y en todas esas pequeñas cosas que antes compartíamos contigo.
Y sí, quiero seguir sintiendo que eres parte de nuestra familia, porque lo eres. Porque el amor no desaparece cuando alguien se va. Cambia de forma, se transforma, aprende a convivir con la ausencia, pero permanece.
Por eso, aunque hoy escriba estas palabras para despedirme, no quiero que esta sea una despedida definitiva. Quiero que sea también un homenaje a todo lo que has sido, a todo lo que nos has dado y a la suerte inmensa que tuvimos de compartir la vida contigo.
Me niego a quedarme únicamente con el final de tu historia. No quiero que tu recuerdo se reduzca a los últimos días, a la tristeza, al dolor o a las circunstancias en las que te fuiste. Sería injusto contigo, con nosotros y con todo lo que construimos durante trece años.
Tu historia es mucho más que eso.
Tu historia son todos los años en los que nos hiciste felices, las veces que nos sacaste una sonrisa sin proponértelo, el cariño que nos regalaste y cada uno de los momentos en los que nos recordaste que la familia también se elige, aunque a veces esa elección llegue en forma de una pequeña perrita negra.
Y eso es lo que quiero conservar de ti. No olvidaré cómo te fuiste, porque forma parte de nuestra historia, pero me niego a permitir que ese recuerdo sea más grande que todos los años maravillosos que nos regalaste.
Siempre vas a ser mi mejor regalo de cumpleaños. Y no importa cuántos cumpleaños pasen, porque de alguna manera seguirás estando presente en todos ellos. Habrá días en los que tu ausencia duela especialmente, pero también habrá recuerdos que me hagan sonreír, y quiero aprender a quedarme con ellos. Quiero poder hablar de ti sin que la tristeza sea lo único que aparezca, aunque sé que necesitaré tiempo.
Porque hay amores que no terminan cuando la vida se acaba. Hay seres que se convierten en eternos porque han dejado una parte de sí mismos en nosotros. Y tú, mi negrita preciosa, eres uno de ellos.
No sé cuánto tardaré en acostumbrarme a vivir sin ti, ni si algún día dejaré de buscarte de forma inconsciente. Lo que sí sé es que nunca dejaré de quererte. Que siempre habrá un lugar para ti en casa, en mis recuerdos y en mi corazón. Que los trece años que compartimos son un regalo que nadie podrá quitarme.
Ojalá pudiera darte un último abrazo, acariciarte una vez más y decirte al oído todo esto que hoy intento escribir. Ojalá pudieras entender cuánto te quiero y cuánto te vamos a echar de menos. Pero, si algo me consuela, es pensar que durante trece años no te faltó nuestro amor y que, a tu manera, supiste lo importante que eras para nosotros.
Así que, si de verdad puedes escucharnos desde ahí arriba, sigue cuidándonos, princesita. Sigue acompañándonos como siempre hiciste. Y, cuando nos veas llorar porque te echamos de menos, ayúdanos a recordar que tuvimos la inmensa suerte de compartir la vida contigo.
Gracias por tanto, mi Duna. Gracias por llegar, por quedarte y por convertirte en una parte tan bonita de nuestra historia.
Te quiero, mi negrita preciosa. Hoy, mañana y todos los días que me queden por vivir.
Porque fuiste, eres y siempre serás mi Duna.





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