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Esperando a que pase algo

7 oct
4 min de lectura

Hay una forma de estar mal que no siempre se nota.


No necesariamente lloras.

No necesariamente estás triste.

No necesariamente ocurre nada.


Simplemente estás alerta.


Todo el rato.


Esperando.


Esperando a que pase algo.


A que llegue ese mensaje que no quieres recibir.

A que alguien cambie de tono.

A que una conversación se tuerza.

A que alguien se canse de ti.

A que algo que parecía estar bien deje de estarlo.

A que ocurra eso que, en realidad, todavía no ha ocurrido.


Y lo peor es que a veces ni siquiera sabes exactamente qué estás esperando.


Solo sabes que no consigues relajarte.


Que aunque todo esté tranquilo, una parte de ti sigue buscando dónde está el problema.


Lees un mensaje y analizas hasta el punto y final.


Notas que alguien tarda un poco más en responder y empiezas a darle vueltas.


Alguien está más callado de lo habitual y automáticamente piensas que pasa algo.


Alguien te dice “luego hablamos” y tu cabeza ya ha construido veinte conversaciones diferentes antes de que llegue ese “luego”.


Y cuando finalmente no pasa nada, no piensas:


qué bien, estaba todo bien.


Piensas:


menos mal.


Como si la tranquilidad no fuera tranquilidad, sino una tregua.


Como si solo pudieras respirar cuando compruebas que, esta vez, no ha pasado nada.


Creo que eso es lo que más cansa.


No el miedo en sí.


Sino vivir esperando el siguiente golpe.


Porque cuando has vivido determinadas cosas, tu cabeza aprende.


Aprende que lo que parecía estable puede dejar de serlo.


Que alguien puede cambiar.


Que una persona puede hacerte daño.


Que puedes confiar y después descubrir cosas que no esperabas.


Que puedes perder a alguien.


Que puedes recibir una noticia que te cambie el día, la vida o directamente la forma de mirar determinadas cosas.


Y entonces empiezas a anticiparte.


No porque quieras.


Porque tu cabeza intenta protegerte.


Si estoy pendiente, quizá no me pille por sorpresa.


Si lo pienso antes, quizá me duela menos.


Si encuentro las señales, quizá pueda evitarlo.


Pero no funciona así.


Porque terminas viviendo cosas que todavía no han pasado.


Sufres conversaciones que nunca has tenido.


Te preparas para pérdidas que todavía no existen.


Desconfías de momentos que no te han dado ningún motivo para hacerlo.


Y conviertes la tranquilidad en algo sospechoso.


A veces incluso me pregunto qué se siente al estar completamente tranquila.


Sin analizar.


Sin anticipar.


Sin tener una parte de la cabeza haciendo guardia mientras la otra intenta vivir.


Porque eso también es la hipervigilancia.


Estar presente y, al mismo tiempo, estar buscando una salida.


Estar bien y preguntarte cuánto va a durar.


Querer disfrutar de algo y tener una pequeña voz detrás diciendo:


no te confíes demasiado.


Y es agotador.


Muchísimo.


Porque llega un momento en el que ya no sabes distinguir entre tu intuición y tu miedo.


No sabes si realmente has notado algo extraño o si simplemente estás acostumbrada a buscar señales.


No sabes si algo está cambiando o si eres tú intentando encontrar el cambio antes de que llegue.


Y quizá lo más complicado es aceptar que no puedes controlarlo todo.


Que estar pendiente de cada gesto no va a impedir que alguien te haga daño.


Que analizar cada palabra no va a evitar que ocurran cosas.


Que pensar cien veces en una posibilidad no te prepara necesariamente mejor para vivirla.


Solo consigue que la vivas cien veces antes de tiempo.


Y aun así, cuesta muchísimo dejar de hacerlo.


Porque hay una parte de mí que sigue pensando que si estoy suficientemente atenta, si observo suficientemente bien, si no bajo la guardia, quizá esta vez pueda evitar que algo vuelva a romperse.


Pero la verdad es que vivir así también rompe.


Poco a poco.


Por dentro.


Porque no puedes estar toda la vida esperando que algo vaya mal.


No puedes disfrutar de una relación mientras estás comprobando constantemente si sigue siendo segura.


No puedes disfrutar de una persona mientras estás intentando descubrir cuándo va a decepcionarte.


No puedes vivir tranquila si necesitas tener siempre una parte de ti preparada para salir corriendo.


Y supongo que estoy aprendiendo que estar tranquila no significa que nada malo pueda pasar.


Significa aceptar que, aunque pueda pasar, no está pasando ahora.


Que ahora mismo estoy aquí.


Que ahora mismo estoy bien.


Que no todo silencio es una señal.


Que no todo cambio de tono significa enfado.


Que no todo “tenemos que hablar” significa una despedida.


Que no todo lo bueno tiene una fecha de caducidad escondida.


Y que quizá, por mucho que me cueste, tengo que aprender a dejar de vivir el presente como si fuera simplemente el lugar donde espero que llegue el próximo problema.


Porque estoy cansada de esperar.


Cansada de estar preparada.


Cansada de necesitar saber qué va a pasar para poder sentirme tranquila.


Y quizá la verdadera calma no sea conseguir la certeza de que nunca va a pasar nada.


Quizá sea aprender a decirme:


si algún día pasa, ya encontraré la manera de afrontarlo.


Pero hoy no.


Hoy no ha pasado nada.


Y por una vez,


quiero permitirme creerlo.



 
 
 

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