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Ese nudo en el pecho...

23 ago
2 min de lectura

Hay días en los que me despierto y ya está ahí.


Ese nudo en el pecho que no sé explicar. Esa presión que no duele como una herida, pero tampoco desaparece. Es como si mi cuerpo llevara horas sosteniendo un peso invisible del que no consigue librarse.


No siempre sé ponerle nombre.


A veces pienso que es ansiedad. Otras veces creo que es tristeza. Y hay momentos en los que siento que es una mezcla de las dos. Una sensación extraña que me acompaña incluso cuando, aparentemente, no ha pasado nada malo.


Lo más difícil es intentar explicárselo a alguien.


¿Cómo le dices a una persona que te sientes mal sin saber exactamente por qué? ¿Cómo explicas que tienes ganas de llorar, pero las lágrimas no salen? ¿Cómo haces entender que por fuera todo parece normal mientras por dentro sientes que algo no termina de encajar?


Hay días en los que consigo distraerme. Trabajo, hablo, sonrío, sigo con mi rutina... pero ese peso sigue ahí, esperando cualquier momento de silencio para recordarme que no se ha ido.


Y entonces aparece el miedo.


El miedo a pensar que siempre voy a sentirme así. Que este nudo en el pecho se convertirá en mi estado natural. Que olvidaré cómo era vivir sin esa sensación constante de estar sosteniendo algo demasiado grande para mí.


Es agotador.


Porque la ansiedad no siempre grita. A veces susurra durante todo el día. Y la tristeza tampoco siempre rompe en llanto. A veces solo se sienta a tu lado y convierte cualquier momento en algo un poco más gris.


He aprendido que no siempre necesito tener una respuesta para lo que siento. Que hay emociones que no aparecen porque sí, pero tampoco porque haya un único motivo. A veces son el resultado de todo lo que he ido guardando. De todas las veces que dije "estoy bien" cuando no lo estaba. De todo lo que intenté sostener para no preocupar a nadie.


Ojalá hubiera una forma de apagarlo con solo desearlo.


Pero, de momento, solo intento no pelearme conmigo misma cuando vuelve. Recordarme que sentir ansiedad o tristeza no me hace más débil, ni menos capaz. Solo me recuerda que también tengo límites, que también me rompo y que, aunque a veces lo olvide, también necesito descansar.


Quizá algún día ese nudo deje de visitarme con tanta frecuencia.


Y mientras ese día llega, intento hacer las paces con la idea de que sanar no siempre significa dejar de sentir, sino aprender a abrazar incluso aquello que todavía duele.



 
 
 

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Mari SH
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