Jugar con la suerte
“Estás jugando con la suerte”.
Me lo dijeron y, aunque intenté hacer como si no me importara, la frase me jodió.
Porque sé que puede pasar algo.
No soy gilipollas. Sé que hay cosas que no podemos controlar y que, cuando haces algo, siempre existe la posibilidad de que salga mal. Lo sé. Pero también sé lo que significa para mí poder ver a la persona que quiero.
Y quizá por eso me molestó tanto escucharlo así.
Porque parecía que todo se reducía a una decisión irresponsable. Como si yo no supiera lo que hago. Como si no hubiera pensado en ello antes. Como si querer ver a alguien fuera simplemente cuestión de arriesgarse sin pensar.
Y no.
Pienso en ello. Más de lo que parece.
Tengo miedo también.
Claro que tengo miedo.
A veces incluso más del que dejo ver. Pienso en todo lo que podría pasar, en todas esas posibilidades que no dependen de mí y que pueden hacer que algo salga mal.
Pero también pienso en lo mucho que quiero ese momento. En las ganas que tengo de verle, de abrazarle, de olvidarme durante un rato de todo lo demás.
Y entonces aparece esa contradicción tan incómoda: tengo miedo, pero también tengo ganas.
Y quizá ambas cosas puedan existir al mismo tiempo.
Porque tener miedo no significa que no quiera hacerlo. Y querer hacerlo no significa que no tenga miedo.
Lo que no quiero es que ese miedo termine decidiendo siempre por mí.
Porque si cada vez que quiero hacer algo alguien me recuerda todo lo que podría salir mal, al final empiezo a tener miedo hasta de las cosas que me hacen feliz.
Y no quiero eso.
No quiero vivir sintiendo que cada decisión que tomo tiene que ser aprobada por los demás. Ni quiero sentirme culpable por querer estar con alguien que quiero.
Quizá desde fuera sea fácil decir “no merece la pena arriesgarse”.
Pero desde dentro no se siente igual.
Desde dentro también están las ganas. Está ese momento en el que simplemente quieres estar cerca de alguien y no pensar en nada más.
Y sí, puede que esté jugando con la suerte.
Pero hay algo que también me pregunto:
¿Cuánto de nuestra vida estamos dispuestos a dejar de vivir para sentirnos completamente seguros?
Porque seguramente nunca voy a tener esa seguridad.
No voy a saber que nada malo va a pasar. No voy a tener garantías. Y quizá eso sea precisamente lo que más miedo da.
Pero tampoco quiero que alguien me haga sentir que querer a una persona, querer verla y querer abrazarla es una irresponsabilidad.
Si algún día sale mal, ya me enfrentaré a ello.
Pero mientras tanto, quiero poder estar ahí.
Con miedo, sí.
Pero también con ganas.
Porque a veces no estamos jugando con la suerte.
A veces simplemente estamos intentando disfrutar de algo que nos importa, aun sabiendo que la vida nunca viene con garantías.






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