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La culpa

31 ago
3 min de lectura

A veces me da pena pensar que alguien que ha llegado a mi vida para hacerme bien tenga que encontrarse con todas las mierdas que otros dejaron mal.


Porque él no tiene la culpa.


No tiene la culpa de que antes me hayan hecho desconfiar.

No tiene la culpa de que haya aprendido a esperar lo peor.

No tiene la culpa de que, cuando algo cambia un poco, mi cabeza empiece a buscar explicaciones que probablemente ni existen.


Y lo peor es que yo sé que él no es así.


Lo sé de verdad.


Me conoce. Me entiende. Sabe leerme incluso cuando yo no digo nada. Hay cosas que ni siquiera tengo que explicar porque parece que las entiende antes de que consiga ponerlas en palabras.


Y eso es precisamente lo que más me desconcierta.


Porque después de tanto tiempo intentando encontrar algo que se sintiera tranquilo, ahora que lo tengo, hay una parte de mí que sigue sin saber cómo estar tranquila.


Es absurdo, lo sé.


Tengo delante a alguien que me da una estabilidad que antes no conocía y, aun así, a veces mi cabeza sigue esperando que algo se tuerza.


No porque él me dé motivos.


Por todo lo contrario.


Porque me importa demasiado.


Y supongo que cuando alguien empieza a importarte de verdad, también aparece ese miedo tan difícil de reconocer: el miedo a perderlo.


Entonces empiezas a fijarte en cosas que quizá ni siquiera significan nada.


Un cambio en su forma de hablar.


Un día diferente.


Un mensaje que no llega cuando esperabas.


Y de repente estás sintiendo cosas que no pertenecen al presente, sino a todo lo que viviste antes.


Y él está ahí, sin entender del todo por qué algo que no ha hecho puede afectarme tanto.


Y yo tampoco sé cómo explicárselo sin que parezca que estoy dudando de él o directamente que estoy loca.


Porque no quiero que piense que no confío en él.


A veces simplemente no confío en que las cosas buenas puedan durar.


Y creo que esa es la diferencia.


No tengo miedo de que él sea como los demás.


Tengo miedo de volver a sentir lo mismo que sentí entonces.


Tengo miedo de acostumbrarme a tener algo bonito y que un día deje de serlo.


Tengo miedo de confiar demasiado.


Y quizá, sin darme cuenta, algunas veces termino poniendo sobre sus hombros un peso que debería llevar yo.


Le hago preguntas que nacen de otras historias.


Me pongo a la defensiva por cosas que no tienen que ver con él.


Me cuesta creer algunas cosas aunque, en el fondo, sé que me las está diciendo de verdad.


Y después me quedo pensando.


Él no ha hecho nada.


Y esa frase a veces duele muchísimo.


Porque entonces entiendo que no estoy reaccionando a él.


Estoy reaccionando a todo lo que todavía llevo dentro.


Y me da miedo que, intentando protegerme para que nadie vuelva a romperme, termine siendo yo quien rompa algo que no estaba roto.


No quiero que él pague por personas que ya ni siquiera forman parte de mi vida.


No quiero que tenga que demostrarme constantemente que se va a quedar.


No quiero convertir una relación que me da paz en una relación en la que él tenga que caminar con cuidado para no despertar mis miedos.


Pero tampoco puedo apagar todo eso de golpe.


Ojalá pudiera.


Ojalá pudiera borrar determinadas experiencias y quedarme solamente con lo que tengo ahora.


Pero no funciona así.


Hay cosas que se quedan.


Y quizá lo único que puedo hacer es intentar distinguir cuándo estoy mirando a la persona que tengo delante y cuándo estoy mirando a través de los ojos de todo lo que viví antes.


Porque él no es ellos.


Y yo tampoco soy la misma que era entonces.


Solo que a veces se me olvida.


Y qué difícil es encontrar a alguien que te entiende mejor que nadie y, al mismo tiempo, tener que aprender a no hacerle responsable de las heridas que todavía estás intentando entender tú.



 
 
 

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Mari SH
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