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La soledad...

23 ago
2 min de lectura

Durante mucho tiempo pensé que la soledad era no tener a nadie. Que solo se sentían solos quienes caminaban sin compañía o quienes no tenían a quién llamar cuando el día se torcía.


Con el tiempo descubrí que estaba equivocada.


He sentido la soledad estando rodeada de personas. He sonreído en conversaciones mientras por dentro solo quería que alguien se diera cuenta de que no estaba bien. Y, aun así, nadie lo hizo.


Supongo que por eso cada vez me cuesta más creer cuando alguien dice: "Siempre estaré contigo". No porque piense que lo dicen con mala intención, sino porque he aprendido que la vida cambia a las personas. Cambian las prioridades, las circunstancias, los sentimientos. Y, casi sin darte cuenta, quienes un día prometían quedarse empiezan a marcharse poco a poco.


Algunas personas se van porque quieren. Otras porque no saben cómo quedarse. Otras simplemente dejan de elegirte.


Y duele.


Duele darte cuenta de que has construido parte de tu vida alrededor de personas que pensabas que serían para siempre. Duele aceptar que, por mucho que quieras a alguien, no puedes obligarle a permanecer a tu lado. Y duele todavía más descubrir que, a veces, quienes más esperabas que te sostuvieran son quienes primero te sueltan la mano.


No quiero pensar que todo el mundo acaba fallando por maldad. Creo que la mayoría simplemente hace lo que puede con sus propias heridas, sus propios miedos y sus propias decisiones. Pero eso no cambia el resultado. Cuando alguien se va, el vacío sigue estando ahí.


Quizá por eso me cuesta tanto confiar. Porque cada despedida deja una pequeña grieta. Y cuando acumulas demasiadas, empiezas a preguntarte cuánto más puede romperse una persona antes de dejar de creer en los demás.


Hay días en los que siento que todo es temporal. Que cualquier persona puede desaparecer de mi vida de un momento a otro. Que cualquier promesa tiene fecha de caducidad, aunque nadie la escriba.


Es una forma triste de mirar el mundo, lo sé. Pero también es la forma en la que mis experiencias me han enseñado a protegerme.


Y, sin embargo, hay algo que intento recordarme cuando la soledad pesa demasiado.


Si algún día todo el mundo se marcha, yo sigo aquí.


Puede que no siempre sepa cómo cuidarme. Puede que a veces también me abandone un poco a mí misma. Pero quiero aprender a convertirme en ese lugar al que siempre pueda volver cuando todo lo demás falle.


Porque quizá la soledad no desaparezca nunca del todo.


Pero tal vez deje de dar tanto miedo el día que deje de sentir que también me he perdido a mí.



 
 
 

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Mari SH
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